Revolución
cultural
 

Lima, 20 de julio de 2006

 

La “Revolución Cultural” neomarxista, desestabilizadora de la familia,
encamina al Perú hacia la desintegración social


La ciudadanía aguarda la asunción del nuevo gobierno con ánimo sereno y esperanzado, aunque con una percepción fuertemente negativa de la política nacional.

Las recientes elecciones confirmaron, en efecto, lo que en los últimos años vienen advirtiendo numerosos estudios de opinión: los peruanos se identifican cada vez menos con el régimen institucional vigente, cuestionan su autenticidad democrática, y sobre todo se sienten defraudados por la clase política, a la cual ven como algo no muy diverso de una casta de aprovechadores del poder en beneficio propio.

El verdadero drama del Perú profundo
En ese contexto se entiende el 47% de votos dados al candidato perdedor.

Sería un error suponer que se trató de una votación mayoritariamente izquierdista: la elección parlamentaria dejó a la izquierda explícita pulverizada.

Y el voto al outsider fue más la expresión de un estado de espíritu que de una ideología; reveló un explicable sentimiento de frustración, particularmente de las regiones surandina y amazónica, ante la crónica desatención por parte del centralismo limeño no sólo a necesidades materiales, sino sobre todo a legítimas aspiraciones de progreso regional, manteniendo características e identidad propias.

Esa sana aspiración nada tiene de izquierdista: recordemos que en su abrumadora mayoría, esas poblaciones integran el llamado Perú profundo, católico y entrañadamente conservador.

El mayor problema social de ese Perú profundo es que el centralismo absorbente primero, y el agrorreformismo socialista y confiscatorio después, en gran parte lo descabezaron de sus elites, privándolo de sus canales naturales de interlocución con el poder central.

Y el terrorismo no fue sino el tiro de gracia en ese proceso de desbarajuste socio-cultural. Así, la gradual migración de líderes locales en todo nivel fue dejando a esas poblaciones virtualmente acéfalas, muchas veces vegetando a merced de políticos advenedizos, ineptos y hasta comprometidos en ciertos casos con la delincuencia, lo que contribuyó a sumirlas en una crisis de identidad que perdura hasta hoy.

En ese cuadro, es claro que demagogos hábiles pueden aprovechar frustraciones acumuladas para convertir transitoriamente a muchos de esos insatisfechos en lo que Lenin llamaba “compañeros de ruta” de nuevas aventuras revolucionarias.

La manipulación del descontento social a favor de utopismos revolucionarios es, pues, un peligro latente que el nuevo gobierno deberá afrontar con especial cuidado.

La revolución cultural neomarxista, una amenaza a la familia peruana
Pero ese no es el único peligro que nos acecha.

Las tendencias anarquizantes amenazan también al Perú en otro frente, el de la inmensa degradación moral que devasta el país, con repercusión forzosa en la institución fundamental de la sociedad, la familia.

Ésta se ve hoy sujeta a una desestabilización sin precedentes, que hace estremecer sus propios fundamentos, y con ellos los de toda la sociedad civilizada.

Y esa desestabilización no es fruto del acaso, sino que es promovida intencionalmente por las mismas fuerzas revolucionarias que otrora buscaron sin éxito imponer el utopismo marxista en el campo socioeconómico.

Nuestras clases dirigentes parecen no haberse percatado aún de que las corrientes político-ideológicas de izquierda impulsan hoy una revolución diferente, la llamada revolución cultural corruptora de las costumbres, que ha pasado a ser —nótese bien— la versión más actualizada, perversa y extremada del propio comunismo.

Sería por demás extenso indicar todos los autores comunistas, socialistas y congéneres que aluden a esta neo-revolución, toda ella de carácter psicológico y tendencial.

Pero sí importa, para comprenderla debidamente, señalar la lógica que la inspira: para implantar el llamado comunismo total —la anarquía— es preciso derribar la sociedad “capitalista”, centrada en la familia “burguesa”; y para desmantelar la familia se debe impulsar el desenfreno sexual sin límites.

“Abolir la familia”, meta del marxismo

Ya en el Manifiesto Comunista de 1848 Marx y Engels lanzaron su siniestra proclama: “¡Abolir la familia!” (“Aufheburg der Familie!”). Ella fue asumida y desarrollada por todos sus continuadores, entre ellos Antonio Gramsci, fundador del PC italiano y considerado el mayor ideólogo marxista de Occidente.

Hacia 1930 Gramsci elaboró su novedosa concepción estratégica de que para establecer duraderamente el régimen comunista se requería primero alterar la “superestructura” de la sociedad, entendida como el sistema de convicciones, tradiciones y costumbres sociales vigente; y a este cambio le dio el nombre de revolución cultural .

Desde Gramsci hasta nuestros días, los más importantes ideólogos marxistas y congéneres fueron definiendo cada vez más claramente esa nueva estrategia.

Herbert Marcuse la denominó “marxismo cultural” y precisó su meta: derribar “la moral de la sociedad existente”, para así anular de antemano las resistencias a las reformas anarquizantes marxistas. Su conclusión no deja dudas: “Se acabaron la idea tradicional de revolución y la estrategia tradicional de revolución...

Lo que debemos emprender es una especie de difusa y dispersa desintegración del sistema” .

Y esa desintegración está hoy en marcha acelerada. Desde la década de 1970 ella hace parte de los programas de las izquierdas políticas de Europa y América del Norte, y en particular de los partidos socialistas europeos.

Estos apuntan hacia una “revolución total”, abarcando“las formas de sentir, de actuar y de pensar, una revolución en las formas de vida colectiva e individual, en suma, una revolución de la civilización” .

Se la denomina también revolución psicosexual, porque su “fuerza decisiva” de avance es la “sexualidad expansiva” , que “debe acompañar el curso de la revolución económica, social y política” .

O sea, es el viejo hedonismo pagano, ahora revivido y exacerbado hasta extremos insospechados —por ejemplo, en la llamada ideología de género —, para convertirlo en arma revolucionaria desintegradora de la familia y la sociedad.

Multiforme ofensiva neopagana contra el Perú

El Perú ya está siendo blanco de esa ofensiva.

A todo momento experimentamos su acometida: en la inundación de pornografía dura en la prensa “chicha” o blanda en cierta prensa “seria”, en las toneladas de telebasura moral que los canales de señal abierta arrojan cotidianamente en los hogares; en las modas siempre más vulgares, provocativas y tendientes al nudismo; en la inducción a costumbres gradualmente más permisivas, como los programas de “educación” sexual que incentivan explícita o implícitamente el libertinaje; en los planes de “salud sexual y reproductiva” que amparan ese mismo libertinaje; en las diversiones cada vez más frenéticas y desvariadas que se ofrecen a adolescentes y jóvenes; en la gigantesca presión mediática para derribar las barreras de rechazo al vicio homosexual, etc.; en suma, en la obsesión sexopátíca que satura el ambiente publicitario y cultural, empujando el país hacia una decadencia moral y social inédita en nuestra historia.

España y Chile: ¿persecución anticatólica
en nombre de “derechos sexuales”?

Ciertos regímenes socialistas actuales son ejemplos de hasta dónde puede llegar ese extremismo revolucionario.

En España, el gobierno Rodríguez Zapatero está empeñado no sólo en despenalizar el crimen de al aborto, sino también en una acelerada “sodomificación” legal, en la cual la homosexualidad sea no sólo erigida en seudo-derecho, sino que quienes la practiquen se conviertan en una casta privilegiada, mientras se coloca una mordaza legal en aquellos que defiendan la ley natural y moral consagrada en los Diez Mandamientos .

Lo mismo ocurre en el vecino Chile, donde el gobierno Bachelet apoya un proyecto de ley en trámite contra la “discriminación” a los homosexuales, que prohíbe cualquier “restricción” a éstos, e impone penas de hasta cinco años de cárcel para quienes se opongan a la homosexualidad “por acción u omisión” .

Así, pues, de aprobarse tal proyecto estará refrendada en Chile la persecución legal por delito de opinión contra quienes, en nombre de la moral católica sobre matrimonio y familia, se manifiesten contra la perversión homosexual.

La próxima etapa de la revolución cultural: horresco referens

“Un abismo clama por otro abismo” (Sal. 41, 8). Ya se vislumbran los próximos despeñaderos en esta cadena de abominaciones. La agenda neomarxista apunta ahora hacia la “revolución sexual de los niños”, también llamada movimiento de “liberación infantil” y considerada “un punto importante de la revolución sexual” .

Y no se piense que estos son tan sólo devaneos lúbricos de un puñado de depravados: al contrario, siguiendo a ultranza la lógica igualitaria y libertaria del socialismo, la legalización de la pedofilia es la meta declarada de toda una corriente ideológica actuante en varios países.

En Holanda, por ejemplo, el nuevo partido político PNVD propugna legalizar las relaciones sexuales con niños, la pornografía infantil, y hasta la zoofilia .

Mucho más cerca de nosotros, el actual gobierno chileno busca consagrar “derechos sexuales” cada vez más alucinados, como el “derecho de alcanzar el máximo de placer” extensivo a niños.

Este delirio neopagano consta en un Proyecto Marco de Derechos Sexuales y Reproductivos actualmente en trámite, que en su art. 15 propone una educación sexual “integral” que haga posible, “desde temprana edad”,“el ejercicio de la sexualidad en forma plena, libre e informada”, para lo cual el Estado chileno deberá suministrar a los escolares “información” al respecto sin el previo conocimiento ni el consentimiento de los padres (art. 17, idem) .

La pesadilla de la “liberación infantil” neomarxista ya toca, pues, a nuestras fronteras...

Paralelamente, corifeos de la misma corriente ideológica proponen también acabar con el “tabú del incesto”, y dar así plena ciudadanía a esa práctica aberrante .

Aborto, homosexualidad, pedofilia, zoofilia, incesto... tal es la sentina moral, el mundo de pesadilla hacia la cual el socialismo conduce.

Incomprensible omisión, siniestra paradoja

Lo anterior basta para comprender hasta qué punto la nueva estrategia revolucionaria se propone acabar con la familia introduciendo la anarquía sexual, antesala de la anarquía total.

Quien no tiene claro este dato crucial, simplemente no entiende nada de lo que está ocurriendo, ni de lo que pueda ocurrir, en la profundidad de la vida cultural y sociopolítica de nuestros días.

Y frente a la revolución cultural en curso hará el deplorable papel —máxime si le cabe ejercer responsabilidades dirigentes espirituales o temporales— de “ciego que guía a otros ciegos” (cfr. Mat. 15,14 ).

Por otro lado resulta incomprensible que un tema tan vital para el futuro del país haya estado completamente ausente de la campaña electoral.

Esta grave omisión ilustra bien hasta qué punto se ha empobrecido el debate político nacional, y justifica plenamente el descrédito de la clase política ante la ciudadanía de la cual se ha divorciado.

El Perú vive así una siniestra paradoja. Mientras las elecciones al Congreso confirmaron el abrumador rechazo del electorado a los partidos declaradamente de izquierda, sin embargo la revolución cultural va empujando al país a aproximarse, gradual e inadvertidamente, a las metas más extremadas de esa misma izquierda, a través de la ofensiva psico-tendencial demoledora de la familia. Y lo que el comunismo nunca logró directamente por las armas ni por las urnas, sus continuadores lo están conquistando indirecta y solapadamente, por las estratagemas de la revolución cultural.

Una esperanza y un llamado a las fuerzas vivas del país

En tal circunstancia, es obligación de aquellos que desde el Ejecutivo y el Parlamento representarán al electorado nacional desde el próximo 28 de julio atender al clamor de las familias peruanas, que conforman la abrumadora mayoría conservadora de la población, y asumir resueltamente la defensa de la institución familiar amenazada, enfrentando inclusive la ofensiva de lobbies ideológicos anticristianos; por lo tanto, elaborar una agenda exhaustiva de protección y fortalecimiento de la familia en todos los planos: educativo, socio-cultural, económico, legal, etc.

Resulta alentador en tal sentido que el Presidente electo, Doctor Alan García Pérez, se haya comprometido ante las autoridades eclesiásticas nacionales —“en mi condición de cristiano”, aseveró— a actuar en “servicio... a las causas cristianas de mi país” . La más importante causa cristiana en el Perú hoy es precisamente la defensa de la institución familiar amenazada.

Para esta defensa, el nuevo Mandatario debe contar con el respaldo y la vigilancia de todos los peruanos con responsabilidades dirigentes a cualquier título. Las calamidades socioeconómicas acarreadas por el socialismo desde los años 60 se debieron en gran parte a la desidia de clases dirigentes que no supieron preverlas ni afrontarlas.

Sería trágico que ahora esas mismas clases repitiesen tal actitud frente a la devastadora revolución cultural, a la cual lamentablemente muchos de sus propios miembros no fueron ajenos.

A tales elementos se aplica la advertencia del Prof. Plinio Correa de Oliveira en su consagrada obra Revolución y Contra-Revolución: “Una autoridad social que se degrada es, también ella, comparable a la sal que no sala. Sólo sirve para ser arrojada a la calle, para que sobre ella pisen los transeúntes (cfr. Mt. 5, 13). Así lo harán, en la mayoría de los casos, las multitudes llenas de desprecio” .

Pero si esas clases saben dar ejemplo de verdadera dedicación al bien común (que por cierto incluye en primer lugar el bien moral de la nación), tal como es la misión y el deber de una verdadera élite, entonces la sociedad puede esperar beneficios inconmensurables de toda índole.

En esa expectativa, los miembros de Tradición y Acción por un Perú Mayor, empeñados en la defensa de los valores básicos de la civilización cristiana —la Tradición, la Familia y la Propiedad— en nuestra Patria, saludamos a las nuevas autoridades nacionales.

Y deseándoles pleno éxito en su gestión, particularmente en afrontar con determinación y sabiduría las amenazas a la estabilidad social aquí expuestas, pedimos para ellas la maternal ayuda de la Santísima Virgen del Rosario, Patrona del Perú.


Lima, 20 de julio de 2006
Fiesta de San Elías Profeta
Tradición y Acción por un Perú Mayor
Casilla 27 E 032 - Lima 27
Teléfono: (01) 9911 8261
www.tradicionyaccion.org.pe
Email: tfplima@gmail.com

Septiembre de 2003

Conclusiones parcializadas,
vehemente afán punitivo,
y un gran olvidado: el bien común


El "Informe Final" emitido por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) sobre los años del terrorismo en el Perú ha causado honda conmoción y despertado fuertes reparos que con el paso de las semanas, lejos de disminuir, van creciendo en peso y contundencia.

Un reabrir de heridas que desconcierta al país

Tal reacción es plenamente justificada. La agresión comuno-terrorista que sufrió el país es un hecho aún demasiado reciente para que las heridas que abrió en la sociedad hayan cicatrizado del todo. Y por ello, quien verdaderamente desea la paz social debe actuar con mucho tacto y prudencia al abordar ese infausto capítulo de nuestra vida nacional.

Por cierto ese tacto faltó a la CVR. Pues, precisamente cuando la Nación ingresa al nuevo milenio, ávida de paz y estabilidad, irrumpe el controvertido informe cuyas "Conclusiones Generales" abren, no las vías de concordia y armonía que anhela el país, sino las heridas que se iban cerrando, al reavivar una discusión sobre los excesos en la represión, tan injusta como inoportuna.

¿A quién inculpar por la escalada terrorista...

La falla esencial de la CVR es plantear una exigencia de justicia gravemente falseada. Porque, si de hacer justicia se trata, la principal responsabilidad por la escalada terrorista que asoló al Perú, con todas sus consecuencias, recae sin duda sobre los gobernantes de entonces.

Fue la inexplicable incuria de éstos lo que le permitió al terrorismo organizarse, crecer y desangrar impunemente al País durante más de una década (1980-1992).

Esto, la CVR no lo señala debidamente.Como tampoco menciona la incomprensible indulgencia y hasta el aplauso de numerosos eclesiásticos y políticos de entonces hacia el senderismo-MRTA; ni la connivencia de ciertos medios que escamoteaban información sobre la gravedad de la escalada comuno-terrorista, produciendo así un efecto anestesiante y retardador de la reacción social.

...y por los excesos en la represión antiterrorista?

Con tan prolongada indulgencia ante el comuno-terrorismo ¿se podría pretender que bastase un combate sumario y lleno de miramientos humanitarios hacia un enemigo inhumano, cruel hasta lo inimaginable, para desarticularle sus vastas redes, capturar sus ideólogos, jefes y activistas y acabar con sus crímenes salvajes, sin cometer errores ni caer en excesos, confusiones o exageraciones?

En verdad, la principal razón de que hubiera excesos en la represión fue que ésta comenzó muy tarde, debido a la gravísima inoperancia del poder público; y de esa manera, lo que de inicio hubiera sido fácil combatir, después fue muy arduo derrotar.

Mas la CVR no sólo se abstiene de señalar claramente esta verdad fundamental, sino que además busca diluir en discutibles atenuantes la obvia y pesada responsabilidad que cabe a los gobernantes de entonces por el avance terrorista; como si el carácter democrático de sus regímenes bastase para eximirlos de su culpa.

Tan extrema indulgencia hacia aquellos gobernantes contrasta con la severidad, igualmente extrema, hacia los militares que les obedecían, a quienes CVR equipara implícitamente a los terroristas, al imputarles una "sistemática" violación de la ley.

Todo esto constituye un grosero falseamiento de la realidad y una flagrante injusticia; pues, aunque la represión haya comportado reprobables abusos, ella fue en sí misma necesaria y legítima, y más aún, acreedora del mayor reconocimiento y gratitud nacional.

La justicia extrema, máxima injusticia

En su afán justiciero a ultranza, la CVR ignoró además el precepto jurídico Summum jus, summa injuria - "la justicia extrema es la máxima injusticia" .

O sea, no es justo ni sabio satisfacer un prurito de justicia hacia algunos, si con ello se perjudica el bien de todos. Por esa razón, la doctrina católica admite "la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia, para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien" .

En este caso, el mal mayor que debe evitarse es que se perpetúen las animosidades y revanchismos inútiles y desestabilizadores, y el bien mayor que se debe procurar es la consolidación de la paz interna.

En esto se manifiesta la equidad, virtud adjunta a la justicia que se ejerce en situaciones extraordinarias no previstas por el legislador, cuando el empleo de la ley pueda ocasionar "perjuicios graves, sea al individuo o la comunidad para la cual fue dada".

En tales casos, aplicar de manera irrestricta el peso de la ley constituye una transgresión a la moral, un "pecado contra la equidad y contra la justicia" . Y éste es precisamente el caso en vista.

Ignorando estas juiciosas enseñanzas, la justicia que la CVR reclama contra los que defendieron a la sociedad nada aporta a la pacificación de los espíritus, y en la práctica sólo está sirviendo para exasperar ánimos y atizar pasiones, por lo demás fácilmente excitables en el cuadro de profunda y generalizada crisis moral que vive el país.

Grosera parcialidad invalida conclusiones

Siendo la mayoría de los miembros de la CVR extrañamente oriundos de la izquierda marxista -como de la también marxista "teología de la liberación"-, no sorprende la parcialidad de sus "Conclusiones", ofuscadas por prejuicios ideológicos, como lo muestra un análisis de las mismas que ponemos a disposición de los interesados (ver cupón al final).

Esa parcialidad se revela de modo asombroso, en la forma como la CVR enjuicia la acción pastoral de obispos de las zonas conflagradas, ¡sin siquiera haberlos escuchado! De esta manera violó la más elemental norma de equidad jurídica, Audiatur et altera pars - "sea oída también la otra parte". Tan arbitraria exclusión -empleada también con otros testigos cruciales - es inexcusable, y descalifica a priori el agraviante enjuiciamiento.

Además el episodio revela que, a despecho de su ostentoso nombre, la CVR no buscó en el caso la verdad, sino la difamación; no procuró reconciliar, sino solamente ofender a personas sagradas, empleando para ello dos pesos y dos medidas, escuchando a quienes le convenía y excluyendo a quienes no le convenía, exigiendo para algunos un remedo de justicia que ella niega a otros. Lo cual vale como muestra del género de "investigación" que practicó, es decir, falseada de antemano, tendenciosa, y en definitiva inválida.

Tan asombrosa torpeza trae a la mente el lamento del Salmista: Infixus sum in limo profundi, et non est substantia - "Estoy en un lodazal profundo, y no hay substancia..." [Salmo 68, 3].

Irresponsabilidad y desconsideración hacia el bien común

Desconcierta además que este reabrir de heridas de la lucha contrasubversiva se produzca en un momento tan delicado como el que vive el país, cuando, junto a una institucionalidad aún débil, se verifica un resurgimiento del terrorismo marxista en varios rincones de nuestro territorio.

Ésta sería la ocasión de crear una atmósfera de renovada comprensión y aprecio por las Fuerzas Armadas, encargándoles de extinguir los brotes terroristas antes que desaten un gran incendio nacional, y concitando hacia esa lucha el apoyo unánime del país.

Pero la CVR siguió un rumbo exactamente opuesto, al desatar una controversia que nuestra sociedad de ningún modo deseaba reabrir. Se trata pues de una irresponsabilidad mayúscula, y una grave desconsideración hacia el bien común.

Actuar con sabiduría, cordura y equidad

Tradición y Acción por un Perú Mayor, actuando en defensa de la Tradición católica, de la Familia cristiana y de la Propiedad privada en nuestra Patria, hace un llamado a actuar con cordura, equidad y sabiduría, teniendo sobre todo en vista que hay un bien mayor en juego, la concordia y estabilidad de la Nación; y que, si para alcanzar ese bien mayor se sacrifica un bien menor - la clarificación de prácticas ilícitas durante un estado de conmoción interna - tal sacrificio no sólo es razonable, sino justo y conveniente, y en las actuales circunstancias puede constituir una necesidad y hasta un deber moral.

El bien mayor en este caso es la tranquilidad pública que la sociedad peruana anhela fervientemente. Defraudar ese deseo por un afán punitivo particular, como lo hizo la CVR, es no sólo mezquino e injusto, sino imprudente y temerario.

Pedimos a la Santísima Virgen que estas consideraciones contribuyan a ordenar, serenar y elevar la peligrosa controversia en curso, notoriamente miope y ofuscada.

Y que a todos Ella conceda lucidez, cordura y responsabilidad, para que nuestra sociedad sea preservada de la desestabilización revolucionaria que aflige cada vez más al mundo contemporáneo.

Lima, 29 de septiembre de 2003, festividad de San Miguel Arcángel


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