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El crepúsculo de los ídolos se ha pospuesto. Por más de dos siglos, desde las Revoluciones Francesas y la Americana al derrumbamiento del Comunismo Soviético, la política mundial se resuelve en base a los problemas meramente políticos. La guerra y la revolución, la justicia y la clase social, la raza y la identidad nacional, éstas eran las preguntas que nos dividieron. Hoy, hemos progresado al punto dónde nuestros problemas son de nuevo aquéllos del siglo XVI, mientras nos encontramos envueltos en conflictos en materia de revelaciones, de la pureza dogmática y del acaecer divino. En Occidente estamos perturbados y confundidos. A pesar de que tenemos nuestros propios fundamentalistas, todavía encontramos incomprensible que esas ideas teológicas aviven las pasiones mesiánicas, dejando las sociedades en ruinas. Ya habíamos asumido que esto nunca más sería posible, y que los seres humanos habíamos aprendido bien a separar las cuestiones religiosas de las políticas y que ese fanatismo estaba muerto. Pero, estábamos equivocados.
Por ejemplo: En mayo del año pasado, el Presidente Mahmoud Ahmadinejad de Irán envió una carta abierta al Presidente George W. Bush que se tradujo y se publicó en los periódicos alrededor del mundo. Su tema era política contemporánea y su idioma de revelación divina. Después de ensayar una letanía de agravios contra las políticas extranjeras americanas reales o imaginadas, Ahmadinejad escribió, “¿Si el Profeta Abraham, Isaac, Jacob, Ismael, José o Jesucristo (que la paz este con el) estuvieran hoy con nosotros, cómo habrían juzgado esta conducta?” No era una pregunta retórica “Fui informado que Su Excelencia sigue las enseñanzas de Jesús (que la paz este con el) y cree en la promesa divina de la regla de los justos sobre la Tierra”, Ahmadinejad continuó recordándole a su homologo, que “Según los versos divinos, hemos sido llamados a rendirle culto a un Dios y a seguir las enseñanzas de sus profetas divinos”, Allí sigue un tipo de llamada del altar en que el presidente americano es invitado a colocar sus acciones de acuerdo con estos versos. Y entonces viene una profecía amenazante: “El liberalismo y el estilo de democracia Occidental no han podido ayudar a comprender los ideales de la humanidad. Hoy, estos dos conceptos han fallado. Aquéllos con visión pueden escuchar sonidos del resquebrajar en la caída de la ideología y los pensamientos de los sistemas democráticos liberales…Gústenos o no, el mundo está gravitando hacia la fe en el omnipotente, la justicia y el testamento de Dios prevalecerá por encima de todas las cosas”.
Este es el idioma de la teología política, y durante milenios era la única lengua que los seres humanos tenían para expresar sus pensamientos sobre la vida política. Es primordial, pero también contemporáneo: Innumerables millones todavía siguen la demanda secular para entender que el todo de la vida humana está bajo la autoridad de Dios y tiene sus razones. Para entenderlos sólo necesitamos interpretar el idioma de la teología política, sin embargo eso es lo que encontramos difícil de lograr. Leyendo una carta como la de Ahmadinejad, quedamos mudos, como los investigadores que descubren una inscripción antigua en jeroglíficos.
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El problema es nuestro, no de ellos. Hace poco más de dos siglos empezamos a creer que Occidente estaba siguiendo en sentido único hacia la democracia secular moderna y que otras sociedades, una vez colocadas en esta vía la seguirían inevitablemente. Aunque esto no ha sucedido, nosotros todavía mantenemos nuestra fe implícita en un proceso modernizado con atenuantes como argumentos en la pobreza o en el colonialismo. Tal presupuesto ha formado nuestra visión de la teología política, sobre todo en su forma islámica, como un atavismo que requiere el análisis psicológico pero no un compromiso intelectual serio. Los islamistas, aun cuando sean profesionales sabios, nos parecen principalmente representantes frustrados de sociedades frustradas, irracionales y nada más. Vivimos, por así decirlo, en la otra orilla. Cuando los observamos en el banco opuesto nos confundimos, ya que tenemos distante en nuestra memoria todo lo que era y cuanto hacen, todos enfrentamos las mismas cuestiones sobre la vida así las respuestas de ellos se conviertan en aliadas de las nuestras. En una orilla la concepción política está concebida en términos de autoridad divina y de redención espiritual, en la otra no la hay. Y esto como lo afirmaría Robert Frost conforma la diferencia. |