Bogotá , octubre de
2000
Señor Presidente:
En el momento de
iniciar su Mandato Presidencial, Colombia abrigaba una real esperanza, en el
sentido de que su estrategia frente a los grupos guerrilleros condujese a nuesta Patria a una verdadera
pacificación.
Usted, Señor
Presidente, asumió gigantescos riesgos
políticos, aceptando las exageradas exigencias de la subversión, con la
idea de que las concesiones enormes nos
llevarían a la paz que tanto deseamos todos los colombianos. Sus antecesores en
la Presidencia, utilizaron casi las mismas estrategias, y los resultados nunca
fueron satisfactorios. Es así como en los últimos 20 años, nuestro País se fue
convirtiendo en uno de los más violentos del mundo, y en motivo de grave
preocupación para nuestros vecinos, y también para todo el hemisferio.
Transcurridos casi
dos años de su mandato, nadie en su sano juicio puede afirmar que Colombia
camina en el rumbo de la pacificación. A pesar de las concesiones enormes, la
guerrilla no puede mostrar al mundo un solo gesto de paz. Su prepotencia
criminal es cada vez mayor. Las zonas despejadas por el Estado para realizar un
supuesto diálogo con la subversión, se
han convertido en un santuario del crimen,
donde sus habitantes viven un régimen de terror. Los ataques subversivos
por fuera de dicha zona se multiplicaron. Los secuestros aumentaron
escandalosamente, y tal como lo denunciaron muy respetables autoridades civiles
y eclasiásticas, la Zona de Distensión se ha ido convirtiendo en una especie de
Campo de Concentración donde son mantenidos en cautiverio numerosos
compatriotas, incluidos niños de brazos.
En síntesis, las amenazas de los subversivos contra toda la población de
Colombia son cada vez más feroces y el terrorismo de la subversión llegó a unos
niveles intolerables.
Sin embargo, por
increible que parezca, y como si todo esto
fuese una mera pesadilla, Usted,
Señor Presidente, y sus más inmediatos colaboradores, contra las más
elementales normas de la razón y de la cordura, insisten en que este es el
camino que nos conducirá a la verdadera paz.
Como compatriota, y
en forma respetuosa y sincera, suscribo esta carta dirigida a Usted, como un llamado de millones de colombianos,
víctimas de los atropellos más infames, cometidos por una minoría criminal, que
a sangre y fuego quiere imponerle a nuestro País un sistema que
nos precipitará en el abismo de la injusticia y la miseria.
Ya que se habla de
hacer un referendo, por qué no realizarlo para saber si el País desea que
continúe esa política condescendiente frente a la guerrilla?
Señor Presidente:
Escuche a su pueblo! Y, tal como se ha afirmado a lo largo de los milenios,
recuerde que la voz del pueblo es la voz de Dios! Aún es tiempo de corregir los
errores, de enderezar el rumbo, de reconocer con dignidad y con grandeza que se
tomaron decisiones equivocadas. De seguir por el mismo camino, la Nación se
precipitará en el caos, y Usted será considerado por la Historia como uno de
los mayores responsables de esa hecatombe, que desmorona los cimientos sobre
los cuales nuestros antepasados construyeron una nación piadosa, sencilla, honrada, trabajadora y pujante.
Es hora pues, de
corregir el rumbo, aún a costa de grandes sacrificios. Si lo hace, la
posteridad le reconocerá ese gesto de grandeza y magnanimidad. Si Usted, Señor
Presidente, se empecina en conducir a la Nación por la vía de la capitulación
frente al crimen, estaremos cada vez más lejos de la paz que tanto queremos y
la Historia no tendrá misericordia con su memoria.
Por tanto nos
permitimos pedirle tres cosas fundamentales en este llamado:
Primero: La suspensión
inmediata de la nefasta y mal llamada política de paz, exigiendo de la
guerrilla el respeto de todos los derechos y libertades civiles.
Segundo: Que exija también
la devolución inmediata de todos los ciudadanos secuestrados y el compromiso
absoluto de no incurrir en esta
práctica aberrante como mecanismo de presión política y medio criminal de
enriquecerse.
Tercero: Que se ponga fin
a todos los ataques terroristas de la guerrilla, que no hacen otra cosa que
empobrecer a Colombia, y llenar de dolor y desaliento a millares de compatriotas que a diario caen víctimas de todo
tipo de atropellos.
***
Esperamos, Señor Presidente, que reciba esta carta como
una dolorosa exigencia de millones de compatriotas, que ven impotentes los
desmanes y atropellos de que son
víctimas inmensos sectores de la población.
Con mis sinceros
votos para que la Divina Providencia lo
ilumine en las osadas determinaciones que es necesario tomar para salvar
a Colombia, se despide,
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