¿Por qué inició la Sociedad
Colombiana Tradición y Acción
una campaña de difusión del culto
al Sagrado Corazón de Jesús? Obviamente,
el deseo de que la Nación entera se impregne
de él y de ahí se sigan los más
benéficos efectos para todo el País.
La
estela luminosa que dejó durante tres siglos
esa devoción, junto con las gracias que ella
significó para toda la Humanidad y la gloria
que trajo para la Iglesia y la Cristiandad, ayudará
a entender cuánto pueden esperar de ellas,
en nuestros días, los católicos colombianos.
Hace
más de tres siglos comenzó el torrente
de gracias del Sagrado Corazón de Jesús
Las
apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita
María Alacoque en 1.673, suscitaron un movimiento
inmenso de piedad a Él.
Nuestro
Señor deseaba que el Rey de Francia, Luis XIV,
se declarase su súbdito y estampase su figura
en el Estandarte Real. Que se estableciese su Reino
efectivo sobre la Nación Primogénita,
o sea, que ésta declarase su Fe católica,
cumpliese de modo cabal los preceptos del Decálogo
y expresase oficialmente su militancia. Que la sociedad
ayudase a la salvación y santificación
de las almas y que en esto Francia fuese un ejemplo
para todas las naciones católicas, en la consecución
efectiva del Reino de Cristo. Lamentablemente, casi
ninguno de estos pedidos fue atendido.
La
Consagración fue un factor de protección
para Colombia durante el siglo XX
Sin
embargo, a medida que la crisis arreció en
las décadas y siglos siguientes, otras naciones
y muchas instituciones comprendieron que debían
hacer la Consagración al Sagrado Corazón
de Jesús. Bajo el influjo sobrenatural de esa
devoción, a menudo en medio de grandes crisis,
luchas o calamidades, esas naciones encontraron en
la Consagración a Él una fuente de gracias
y socorros de gran importancia.
Entre
esos países, Colombia tuvo la gloria de ser
consagrada al Sagrado Corazón y de permanecer
como tal durante gran parte del siglo XX, durante
el cual se curaron muchas heridas y males que se produjeron
a lo largo del siglo XIX, por causa del laicismo dominante
y de los los feroces ataques de éste a la Santa
Iglesia.
Los
cruentos conflictos del siglo XIX y del inicio del
siglo XX concluyeron en 1903, año en que se
consagró el País al Sagrado Corazón,
abriendo un período tranquilo y fecundo, pese
a que constantemente se manifestaba el odio de los
laicistas a la Iglesia y a los fieles, pugnando por
reencender los conflictos.
Obviamente,
la Consagración no podía dejar indiferentes
a los promotores de la impiedad, que la atacaron en
forma sistemática, porque deseaban instaurar
un Estado laicista y amoral, reducto de manifiesta
hostilidad a todo lo católico, cuando no promotor
de las peores aberraciones en materia de costumbres,
educación, indiferentismo religioso, etc.
La
anulación de la Consagración, una victoria
de los impíos y un germen de calamidades
Esto
culminó cuando, hace poco más de una
década, se redactó la Constitución
actual, mientras se lanzaba a Colombia en un torbellino
demoledor. Se impuso así el deseo de los sectores
laicistas y socialistas, que siempre han pugnado porque
el Estado prescinda por entero de la Religión,
para que ésta sea reducida al fuero interior
de las conciencias y así pierda una gran parte
de su fuerza en la vida pública.
La
Consagración fue declarada incompatible con
la Carta Fundamental y por tanto anulada, para regocijo,
no sólo de laicistas y socialistas, sino también
de numerosas sectas que pululan en las periferias
urbanas, donde multitudes vegetan en la miseria, sin
verdaderos líderes ni orientadores, hundiéndose
bajo la influencia neopagana contemporánea.
No
extrañan, pues, las catástrofes que
desde entonces sacudieron al País durante toda
una década y la consiguiente postración
en que cayó, habiendo renunciado el Estado,
desde su cúpula, a la protección del
Salvador y expresado los poderes públicos su
determinación de que la Nación dejase
de profesar su militancia católica.
No
obstante, la Divina Providencia suscita misericordiosamente
una reacción
Pues
bien, la crisis de Colombia en los años que
siguieron llegó a un auge gravísimo.
Pero, por una misericordia de Dios, empezó
a producirse en la opinión nacional una fuerte
reacción, que pedía un gobierno enérgico
y recto, una administración honesta, una gran
severidad en perseguir y castigar el crimen y una
verdadera administración de justicia. En suma,
una auténtica y vigorosa reconstrucción
nacional, en los aspectos jurídico, moral,
político y aún religioso.
Ante
la fuerza de esa reacción, los fautores de
la demolición actuaron de forma diversa. Algunos
se eclipsaron, dentro o fuera de nuestras fronteras,
hasta que el clima moral se entibie nuevamente. Otros
se adaptaron a las circunstancias del momento, plegándose
durante algún tiempo a la reacción,
para beneficiarse de ella, pero también para
desviarla. Los profesionales del crimen disminuyeron
la intensidad de sus fechorías, refugiándose
en países vecinos o en nuestras selvas, a la
espera de que el País olvide un poco la postración
en que lo dejaron. Y algunos persitieron en promover
la concordia entre la luz y las tinieblas, a costa
naturalmente que la primera renuncie a su esplendor,
con lo que las últimas se volverían
dominantes.
El
Sagrado Corazón de Jesús tiene sobre
Colombia designios de salvación
En
esas circunstancias, el deseo de gran parte de la
opinión colombiana es que el País continúe
firme el proceso recién iniciado de su rescate
definitivo para el imperio de la Ley Moral. Esto debe
ser, no sólo ferviente, sino también
de largo aliento, pues prácticas políticas
nefastas que se arrastraron durante décadas
piden una acción perseverante y enérgica
para que sean corregidas.
Ahora
bien, así como el hombre que desea practicar
la virtud precisa de la ayuda de Dios para conseguirlo
duraderamente, así también la Nación
requiere de esa ayuda en forma imperiosa, y para recibirla
debe pedirla sin cesar, con ánimo de obtener
una plena restauración del carácter
católico de la Patria. Y para esto la revigorización
de la devoción al Sagrado Corazón será
de una eficacia incomparable.
Hace
seis décadas, un llamado memorable que aún
resuena
Hace
seis décadas, el gran líder católico
brasileño Plinio Corrêa de Oliveira señalaba
la importancia de las devociones al Sagrado Corazón
de Jesús y al Inmaculado Corazón de
María: “Hacer apostolado es, esencialmente,
salvar almas. A los que se interesan por el apostolado,
nada debe importar más que el conocimiento
de las devociones providenciales con que el Espíritu
Santo enriquece a la Santa Iglesia en cada época,
para la utilidad de las almas. El Sumo Pontífice
actualmente reinante [Pío XII] señala
dos devociones: la del Sagrado Corazón de Jesús,
la del Corazón Inmaculado de María”.
“Apareciendo
en Fátima, Nuestra Señora dijo textualmente
a los pastorcitos que una intensa devoción
al Corazón Inmaculado de María sería
el medio de salvación del mundo contemporáneo.
Milagros sin cuenta han atestiguado la autenticidad
del mensaje celestial. No nos resta sino conformarnos
al dictamen que de ello se sigue. Si ésa es
la salvación del mundo, si queremos salvar
el mundo, prediquemos el medio providencial para su
salvación. En el día en que tuviéremos
legiones de personas verdaderamente devotas del Corazón
Inmaculado de María, el Corazón de Jesús
reinará sobre el mundo entero. En efecto, esas
dos devociones no se pueden separar. La devoción
a María Santísima es la atmósfera
propia de la devoción a Nuestro Señor.
El verano trae las flores y los frutos. La devoción
a Nuestra Señora genera como fruto necesario
el amor sin reservas a Nuestro Señor Jesucristo.
Y en el día en que el mundo entero vuelva a
Jesús por María, el mundo estará
salvado” (“Legionario”, 30-IV-1944).
Con
el alma puesta en los designios de Dios misericordiosamente
manifestados a los hombres, con una plena confianza
en su ayuda y en su Triunfo, gracias a la mediación
de la Santísima Virgen, debemos luchar para
que ambas devociones se expandan por el País,
para que éste recobre su identidad católica. |