Al Rescate de la
Soberania Nacional


En la aurora del nuevo gobierno,
al rescate de la soberanía nacional

 

Atenuada, con el paso del tiempo, la profunda impresión producida en el País por el resultado de la elección presidencial, algunos órganos de prensa comenzaron a decir que la nota primordial del nuevo gobierno debe ser intentar obtener la conciliación entre los diversos sectores de la vida nacional. Esto representa un riesgo de profundo equívoco, pues ciertos sectores entienden por tal que las próximas autoridades continúen, con una apariencia un poco diferente de las actuales, con el programa de los últimos gobiernos, de contemporizar, desoyendo la voz del electorado, que elocuentemente repudió las prolongadas componendas.

La raíz del drama de Colombia en las últimas dos décadas fue la pertinacia de los gobernantes –y la pasividad de los gobernados... – para lograr conciliaciones a cualquier precio con los sectores que se sitúan al margen de la ley, prescindiendo de los principios morales y jurídicos, así como de las conveniencias generales del País.

Al menos durante los últimos cinco gobiernos hubo conciliaciones reiteradas y continuas con terroristas o narcotraficantes, con políticos corruptos e inescrupulosos, con delincuentes de alto y bajo calibre, así como con falsos representantes del pueblo. Todo ello hecho a espaldas y con desprecio de la opinión nacional, sin que esto haya obtenido la menor moderación de esos sectores, justamente porque se cerraba los ojos a los principios morales y a la realidad.

En verdad, las conciliaciones sistemáticas con quienes viven fuera de la ley significan que se sacrifique a los que viven dentro de ella: los colombianos honrados y laboriosos se vuelven víctimas inermes de terroristas y secuestradores, cuando éstos pasan a gozar de impunidad. Los empresarios íntegros sufren cuando las autoridades toleran la competencia desleal, la corrupción administrativa o el contrabando; los políticos honestos poco o nada pueden hacer cuando dominan quienes no lo son.

Durante muchos años, la impunidad en el crimen oprimió a la inmensa mayoría del País en provecho de minorías ínfimas y funestas, que se convirtieron en poderes clandestinos, inescrupulosos y tiránicos. Esto sucedió con los guerrilleros, con los narcotraficantes y con los políticos corruptos, con el agravante de que esas tres vertientes confluyeron finalmente en una sola gran mafia delictiva que asola al País.

Para resolver las inmensa crisis nacional que esto provocó es preciso recordar que la armonía con el País auténtico exige que los demoledores sean enérgicamente combatidos. Si debe haber conciliación del gobierno con el conjunto de la Nación, esto impide que aquel la tenga con los sin ley, pues esto consolida y perpetúa su dominio sobre los colombianos de bien.

Obviamente, el torrente de claudicaciones ante el crimen ocurrido durante veinte años no justifica que se pase ahora, sin más y simplistamente, al extremo opuesto. La violencia legal desatada contra los criminales, las medidas drásticas e implacables contra ellos, podrían ser evitadas, y otras más moderadas podrían ser eficaces.

La respuesta del Estado debe ser equilibrada y serena, pero absolutamente firme y definitiva. Acabar con la tragedia colombiana exige, sin duda, tino político, pero sobre todo rigor en la aplicación de la Ley, perfecta sujeción a la Moral y fuerte convicción de que, para esto, el País no puede ni quiere esperar más.

Con los subversivos que dejen verdaderamente de serlo pueden caber medidas de cierta clemencia, con tal de que se reprima con mucha severidad a quienes se mantengan en la vida criminal. En eso el diálogo puede tener su papel, a condición de que su buen fruto sea verosímil: de nada sirve el diálogo si no produce resultados. Pero éstos nunca se obtendrán si los terroristas notan que poco o nada sufrirán si persisten en seguir tal vía.

En esa línea, se comprende que el nuevo gobierno esté dispuesto a negociar la pacificación de la subversión. Pero no se puede admitir que esto se convierta en un pretexto para dejarla actuar impunemente, pues esto equivaldría a volver crónico e insoluble el peor mal que afecta a Colombia, que intimida, traumatiza y abate a la población, arruina su economía y destruye la soberanía nacional.

En otros términos, zonas de exclusión donde el terrorismo actúe a sus anchas oprimiendo a los campesinos, manos atadas para el Ejército mientras la guerrilla marxista las mantiene libres, diálogo y atentados en forma simultánea, como ha ocurrido durante este lamentable gobierno que expira, son absolutamente inaceptables, quienquiera sea el que las proponga, por más elevada que sea su posición y por mejores que sean sus intenciones.

El resultado de la elección presidencial infundió ánimo en un país ya escéptico a propósito de su propio futuro, al verse que, por fin, la opinión nacional exhausta encontraba un modo de expresión electoral, al margen de aparatos partidistas y continuistas preocupados sólo de sus propias ventajas e indolentes frente a la tragedia que vive la Nación.

Esa reacción nacional es un factor de gran esperanza. Y pide que el País no sufra decepción alguna. Porque si se produce la sensación de que se obtuvo “más de lo mismo”, tendría efectos demoledores, pues induciría a creer que ya no hay más solución. Y es por esto que es vital refutar los sofismas de los que buscan la paz a través de capitulaciones.

La lucha por el rescate de la soberanía nacional será ardua, larga y costosa, mas en ella se hará ver el temple colombiano. Tendrá un frente interno y otro externo, un lado bélico y otro psicológico, pues los aliados internacionales del terrorismo tratarán de presentar como sanguinaria y brutal aun a la represión más elemental, y habrá que desenmascararlos y denunciarlos. Sin esto, tarde o temprano, conseguirán movilizar a esa fuerzas foráneas en contra de la Patria. Será preciso trabar un combate a fondo para privar a los grupos terroristas y narcoguerrilleros de los frutos de sus andanzas criminales, para que éstas acaben de una vez y nunca más puedan reiniciarlas.

Ésta podrá ser una verdadera resurrección de alma de la Colombia cristiana, que deseche categóricamente el derrotismo que se intentó infundirle durante décadas. La reconstrucción de nuestra Patria, será tanto más pujante cuanto más impedidos de actuar queden quienes por décadas colaboraron con la demolición.

No se trata de tener con éstos injusticia ni ilegalidad alguna, sino de movilizar contra los agentes del caos una reacción tan potente que, por si sola, los inhiba de toda reincidencia. De este modo, en breve, los colombianos de todas las clases sociales y regiones podrán entregarse al trabajo esforzado, sin temer que con esto despertarán la codicia de los delincuentes enquistados en los organismos públicos ni la del crimen organizado. De esta forma Colombia progresará, bajo la protección de Nuestra Señora de Chiquinquirá, hacia la grandeza cristiana a que está llamada.


Julio 25 de 2.002

SOCIEDAD COLOMBINA TRADICIÓN Y ACCIÓN