Cuando quiere simbolizar el poder, empuña el cetro. Cuando
quiere expresar fuerza, empuña la espada. Cuando habla a
las multitudes, el orador acentúa con las manos la fuerza
del raciocinio con que convence o la expresión de las palabras
con que conmueve. Es con las manos que el médico administra
el remedio, y el hombre caritativo socorre a los pobres, a los ancianos,
a los niños.
Y
por eso los hombres besan las manos que hacen el bien y esposan
las manos que practican el mal.
Vuestras
manos, Señor, ¿qué hicieron? ¿Por qué
fueron atadas?
En
el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo
era Dios
(Juan. 1, 1).
Cómo
describir vuestra trascendente, eterna e inefable majestad, cuando
antes que todas las cosas y de todos los siglos vivíais de
la vida supremamente gloriosa y feliz de la Santísima Trinidad.
San Pablo contempló esta vida, y la única cosa que
sobre ella consiguió decir, es que no puede ser expresada
con palabras humanas. De lo alto de ese trono, vinisteis con designios
de amor, para redimir a los hombres. Y por esto, con bondad inefable,
asumisteis nuestra naturaleza humana. Quisisteis tener un cuerpo
humano, por amor al hombre. Fue para hacer el bien, que vuestras
divinas manos fueron creadas.
¿Quién
puede describir, Señor, la gloria que esas manos ahora
ensangrentadas y desfiguradas, y no obstante tan bellas y tan dignas
desde los primeros días de vuestra infancia dieron
a Dios, cuando sobre ellas posaron los primeros besos de Nuestra
Señora y San José? ¿Quién puede describir
con cuánta ternura hicieron a María Santísima
la primera caricia? ¿Con cuánta piedad se unieron
por primera vez en actitud de oración? ¿Y con cuánta
fuerza, cuánta nobleza, cuánta humildad trabajaron
en el taller de San José?
Manos
del Hijo perfecto, ¿qué otra cosa hicieron en el seno
del hogar, si no el bien?
Cuando
comenzó vuestra vida pública, fuisteis principalmente
el Maestro que enseñaba a los hombres el camino del Cielo.
Y así, cuando en el pusillus grex de vuestros
preferidos, enseñabais la perfección evangélica,
cuando vuestra voz se levantaba y resonaba sobre las multitudes
extasiadas y reverentes, vuestras manos se movían apuntando
la morada celestial o reprobando el crimen y agregando a la palabra
todos los imponderables con que la enriquece el gesto. Y los Apóstoles,
y las multitudes, creían en Vos y os adoraban, Señor.
Manos
de Maestro, pero también manos de Pastor. No sólo
enseñabais, sino guiabais. La función de guiar se
ejerce más apropiadamente sobre la voluntad, como la de enseñar
más precisamente sobre la inteligencia. Y como sobre todo
es por amor que se guían las voluntades, vuestras divinas
manos tuvieron virtudes misteriosas y sobrenaturales para acariciar
a los pequeños, acoger a los penitentes, curar a los enfermos.
Amor tan ardiente, tan abundante, tan comunicativo, que desde entonces
hasta hoy, siempre que las manos de un cristiano y más
especialmente de un sacerdote se mueven para acariciar a los
pequeños, consolar a los penitentes, administrar remedio
a los enfermos, el amor que las anima no es sino una centella de
ese infinito amor, Dios mío.
Pero
estas manos tan sobrenaturalmente fuertes que a su imperio se doblegaban
todas las leyes de la naturaleza y, con un mínimo movimiento
de ellas, el dolor, la muerte, la duda huían, estas manos
tenían aún otra función que ejercer. ¿No
hablasteis del lobo rapaz? ¿Seríais Pastor si no lo
repelieseis? Y si hacéis todo con fuerza irresistible, ¿cómo
podría alguien no sentir el golpe del latigazo que empuñaseis?
El
lobo, sí... y ante todo el demonio. Vuestra vida tornó
patente que el demonio no es un ente de ficción o casi tanto,
un ser al que tan raras veces le es dado el poder de actuar, que
prácticamente la inmensa mayoría de las cosas pasan
como si él no existiese. Los hombres hipócritas o
de costumbres disolutas, ostentando ropajes de justicia y hasta
de sacerdocio, todo esto aparece en los Evangelios no sólo
como con secuencia de la depravación humana en virtud del
pecado original y de nuestra maldad, sino también como obra
del demonio, activo, diligente, emboscando allí y más
allá, y denunciando a veces su presencia con espectaculares
manifestaciones de obsesión e de posesión.
Vos
expulsabais al demonio, Señor, con terrible imperio, y delante
de vuestra palabra grave y dominadora como el trueno, más
noble y más solemne que un cántico de ángel,
los espíritus impuros huían despavoridos y derrotados.
Tan derrotados y tan despavoridos, que de ahí en adelante
tuvieron que obedecer a vuestros apóstoles con docilidad.
Por todas partes donde vuestra palabra, predicada, fue aceptada
por los hombres, la impureza, la rebelión, el demonio huyeron
siempre. Y sólo volvieron a extender sobre la humanidad sus
alas de sombra y su poder de perdición, cuando el mundo comenzó
a rechazar vuestra Iglesia, que es vuestro Cuerpo Místico.
Tan derrotados y tan impotentes, que bastará que los hombres
correspondan nuevamente a la gracia de Dios para que el imperio
de las potencias infernales una vez más decaiga y las tinieblas,
la lascivia, el espíritu de la revolución vuelvan
hacia los antros secretos de los cuales hace siglos salieron.
Pastor,
vuestras divinas manos no se limitaron a blandir el cayado contra
las potencias espirituales e invisibles que habitan en los aires
evocando las palabras de San Pablo para perder a los hombres;
sino que atacaron al demonio y al mal en sus agentes tangibles y
visibles.
El
mal, ante todo considerado en abstracto. No hubo vicio contra el
cual no hablaseis.
Pero
también el mal en concreto, en cuanto realizado en los hombres,
y no sólo en los hombres en general, sino en ciertas clases
los fariseos por ejemplo y no sólo en ciertas clases sino
en ciertos hombres muy concretamente considerados: los mercaderes
del templo están inmortalizados en las páginas del
Evangelio, por el castigo ejemplar que sufrieron.
Vos,
que recomendasteis la mansedumbre hasta sus últimos extremos
cuando estuviesen en juego solamente derechos personales, Vos que
queréis que respondamos mostrando la otra mejilla cuando
recibimos una bofetada, Vos empleasteis una ardiente y santa difamación
para desacreditar a los fariseos, y empuñasteis el látigo
para ensangrentar a los mercaderes. Pues se trataba, no de derechos
meramente humanos, sino de la Causa de Dios. Y en el servicio de
Dios hay momentos en que no recriminar, no fustigar, equivale a
traicionar.
Y
estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan,
el inocente, y Magdalena, la penitente, estas manos que fueron tan
terribles para el mundo, el demonio, la carne, ¿porqué
están ahí atadas y hechas carne viva?
¿Acaso
será por obra de los inocentes? ¿De los penitentes?
¿O bien por obra de los que de ellas recibieron merecido
castigo, y contra ese castigo se rebelaron diabólicamente?
Sí,
¿por qué tanto odio, por qué tanto miedo que
hizo necesario atar vuestras manos, reducir al silencio vuestra
voz, extinguir vuestra vida?
¿Fue
porque alguien temiese ser curado? ¿o acariciado? ¿Quién
teme acaso la salud? ¿o quién odia el cariño?
Señor,
para comprender esa monstruosidad, es necesario creer en el mal.
Es preciso re conocer que los hombres son tales, que fácilmente
su naturaleza se rebela contra el sacrificio, y que cuando siguen
el camino de la rebelión, no hay infamia ni desorden de los
que no sean capaces. Es necesario reconocer que vuestra Ley impone
sacrificios; que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y
en consecuencia es duro seguir vuestra Ley. Vuestro yugo es suave,
sí, y vuestra carga ligera. Pero es así, no porque
no sea amargo renunciar a lo que hay en nosotros de animal y desordenado,
sino porque Vos mismo nos ayudáis a hacerlo.
Y
cuando alguien os dice no, comienza a odiaros, odiando
todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de que sois
la propia personificación. Y, si no os tiene a mano bajo
forma visible para descargar su odio satánico, golpea a la
Iglesia, profana la Eucaristía, blasfema, propaga la inmoralidad,
predica la revolución.
Estáis
maniatado, Jesús mío, y ¿dónde están
los cojos y los paralíticos, los ciegos, los mudos que curasteis,
los muertos que resucitasteis, los posesos que liberasteis, los
pecadores que reerguisteis, los justos a quienes revelasteis la
vida eterna? ¿Por qué no vienen ellos a romper los
lazos que prenden vuestras manos?
Curiosa
paradoja. Vuestros enemigos continúan temiendo vuestras manos,
aun que estén atadas. Y por esto os matarán. Vuestros
amigos parecen menos conscientes de vuestro poder. Y porque no confían
en Vos, huyen despavoridos delante de los que os persiguen.
¿Por
qué? Aún ahí la fuerza del mal se patentiza.
Vuestros enemigos aman tanto el mal, que perciben, aún bajo
las humillaciones de las cuerdas que os prenden, toda la fuerza
de vuestro poder... y ¡tiemblan! Para estar seguros, quieren
transformar en llaga el último tejido de carne aún
sano, quieren derramar la última gota de vuestra sangre,
quieren veros exhalar el último aliento. Y aún así
no están tranquilos. Muerto, todavía infundes terror.
Es necesario lacrar vuestro sepulcro, y cercar de guardias armados
vuestro cadáver. Cómo el odio al bien los hace perspicaces,
al punto de percibir lo que hay de indestructible en Vos.
Y,
por el contrario, los buenos no ven esto con la misma claridad.
Os reputan derrotado, perdido... huyen para salvar el propio pellejo.
Sólo tienen ojos, sólo tienen oídos para presentir
el propio riesgo. Es que el hombre sólo es perspicaz para
aquello que ama. Y si ve mejor su riesgo de que vuestro poder, es
porque ama más su vida que vuestra gloria.
¡Oh,
Señor, cuántas veces vuestros adversarios tiemblan
delante de la Iglesia, mientras yo, miserable, viéndola maniatada
reputo todo perdido!
¡Pero
cuánta razón tenían vuestros enemigos! Resucitasteis.
No sólo las cuerdas y los clavos de nada valieron, sino que,
además, ni la laja del sepulcro, ni la cárcel de la
muerte os pudieron retener. ¡Sí, resucitasteis! ¡Aleluya!
Señor
mío, ¡qué lección! Viendo a la Iglesia
perseguida, humillada, abandonada por sus hijos, negada por las
costumbres paganas y por la ciencia panteísta de hoy, amenazada
de fuera por las hordas del comunismo, y por dentro por los desatinos
de los que quieren pactar con el demonio, vacilo, tiemblo, juzgo
todo perdido.
¡Señor,
mil veces no! Vos resucitasteis por vuestra propia fuerza, y redujisteis
a la nada los vínculos con que vuestros adversarios pretendían
reteneros en las sombras de la muerte.
Vuestra
Iglesia participa de esa fuerza interior y puede en cualquier momento
destruir todos los obstáculos con que la cercan.
Nuestra
esperanza no está en las concesiones, ni en la adaptación
a los errores del siglo. Nuestra esperanza está en Vos, Señor.
Atended
las súplicas de los justos que os imploran por medio de María
Santísima. Enviad, ¡Oh! Jesús, vuestro Espíritu,
y renovaréis la faz de la Tierra.
(«Catolicismo»,
N° 16, abril de 1952)
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