Contraportada

PERDIENDO LA INOCENCIA
Pablo Victoria

 

 

 


S
oy un padre de familia como ustedes. Ni mejor ni peor que muchos. Tengo por profesión ser economista y por oficio ser político. No soy ningún puritano. Tampoco ningún moralista salido de la Edad Media. Menos aún el severo enjuiciador de las conductas sexuales de nadie. Pero decidí escribir este libro para alzar una voz de advertencia sobre lo que está ocurriendo en materia de educación sexual en Colombia. Impuesta por el Gobierno, y que se constituye en una violencia sin par contra la infancia y en un nuevo asalto a los valores tradicionales de nuestra civilización.

Dudé, claro está, de hacerlo; porque no soy educador infantil, ni sicólogo, ni cura; mucho menos sexólogo. Pero finalmente creí que me asistía el deber, porque como simple padre de familia, veo con inmensa preocupación la nueva embestida del socialismo universal, de la cultura del hedonismo y del relajamiento moral disfrazado de la cultura del amor y la convivencia. Finalmente comprendí que la responsabilidad de ser padre trascendía cualquiera otra consideración; que levantar buenos hijos y ejemplares ciudadanos nada tenía que ver con ser sicólogo, sociólogo o sexólogo; o pedagogo. Que el simple discernimiento sobre lo que es el bien y el mal, lo moral o inmoral, la educación y el conocimientpo, bastaban para aproximarse a un tema sobre el cual se basan buena parte de nuestras actitudes y comportamiento. Que saber de la existencia de Dios y sus normas era muchísimo más importante que saber de las modas científicas, aquellas que promocionan los "expertos" en la desorientación humana. Que era mejor, muchísimo mejor, dejarse guar por el instinto de lo que es aceptable y reprobable, que dejarse embaucar por charlatanes y parlanchines de la academia y la universidad.

A tales charlatanes la pornografía resulta pedagógica y constructiva; la disciplina y los valores, destructivos y dañinos. Tal es la confusión de nuestros días; la desorientación que perniciosamente merodea la familia contemporánea y amenaza con destruirla. Atrás dejaron como inútil e inoficiosa aquella enseñanza que dice: "Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños". Mi esposa y yo, fuimos descubriendo que se trataba de un plan de corrupción sexual diseñado por sicólogos extranjeros para cambiar, según ellos, los "viejos esquemas de una socieda caduca y decadente".

Creo que la naturaleza ha proveído la inocencia como escudo sicológico de los niños. Que su mundo debe respetarse y que ellos tienen derecho a ser inocentes. Es justificación suficiente del libro.

Pablo Victoria