| Autor:
Eugenio Trujillo Villegas
Director Ejecutivo Sociedad Colombiana Tradición y Acción
Transcurrido casi un año y medio del Gobierno del Presidente
Álvaro Uribe, muchas cosas han cambiado en nuestro País.
El comienzo del año 2004 es propicio para hacer un análisis
del rumbo que ha tomado nuestra Patria, especialmente en lo que
se refiere al manejo de los gravísimos problemas de la subversión,
el terrorismo y el narcotráfico.
Durante
dos décadas, nuestros gobernantes y las más encumbradas
figuras religiosas, políticas y empresariales del País
sostuvieron pertinazmente que la única forma de conducir
a Colombia a la pacificación era a través de sucesivas
concesiones y claudicaciones ante todos aquellos que combatían
al Estado de Derecho mediante el terrorismo y la lucha armada.
Claudicar
no conduce a la Paz
Bajo
este errado concepto se sucedieron todos los fracasados "procesos
de paz", desde el gobierno de Betancur (1982-1986), cuando
se produjo la sangrienta y simbólica toma del Palacio de
Justicia por el M-19, hasta el nefasto experimento del Caguán,
que fue una burla grotesca de la guerrilla de las FARC a toda la
Nación.
Bajo
análogo concepto y en el mismo periodo, el Estado negoció
también con los jefes de los carteles de las drogas, que
rivalizaban en violencia con los terroristas propiamente tales,
antes de aliarse con éstos para, juntos, traumatizar e intentar
dominar al País, masacrando a su población y desafiando
a todas sus autoridades.
Algunos
"capos" fueron capturados o muertos, otros se "entregaron"
usando mecanismos y negociaciones muy similares a los de los procesos
de paz con la guerrilla: benevolencia inaudita con quienes habían
cometido crímenes sin nombre ni número y, en consecuencia,
enormes concesiones políticas y jurídicas que debilitaban
cada vez más al Estado y a la sociedad, la cual quedaba cada
vez más indefensa.
Fue
así como el mundo presenció episodios aterradores,
dignos de una película de ficción. Por ejemplo, un
capo de las drogas, Pablo Escobar, que desde la cárcel llena
de lujos extravagantes y vulgares que él mismo había
proyectado para cuando se "entregase a la justicia", mandaba
matar y secuestrar a quien se le antojaba, y desde allí manejaba
sus negocios ilícitos sin impedimento alguno. O la burla
atroz de las FARC en el Caguán, que usaban la zona desmilitarizada
y supuestamente destinada a tratativas de paz, para mantener a centenas
de secuestrados, evadiendo la persecución de las autoridades,
que no podían hacer presencia en la región. Y también,
mientras algunos jefes guerrilleros estuvieron presos recientemente
en la cárcel de máxima seguridad de Itagui, muchos
adalides de la claudicación se disputaban el "honor"
de entrevistarse con ellos.
Fueron
más de 20 años de capitulaciones en serie, con el
pretexto -a diario desmentido- de que sólo así se
obtendría la paz. Y casi todo el País aplaudió
durante largo tiempo a los protagonistas de esta aberración,
que cada día nos alejaba más de la verdadera paz,
haciendo subir los índices de criminalidad a unos niveles
que aterraban al mundo entero... menos a gran parte de los colombianos,
que éramos las víctimas.
Los
homicidios llegaron a casi 30.000 por año, los secuestros
a más de 2.000 anuales. Cada tres días, una pequeña
población era destruida con bombas y rockets por bandas terroristas,
y centenas de millares de compatriotas abandonaban sin esperanza
sus lugares de trabajo y vivienda, huyendo del siniestro y mortífero
torbellino que los dirigentes de la Nación llamaban, sin
sonrojarse, "el proceso de paz".
Presidentes,
Ministros de Estado, autoridades religiosas de las más connotadas,
dirigentes gremiales, medios de comunicación y casi todos
los dirigentes políticos colombianos pusieron sus manos al
fuego, asegurando que ése era el único camino que
nos conduciría a la Paz, pese a que los hechos cada día
demostraban rotunda y exactamente lo contrario. El País se
sumergió cada vez más en la violencia y en el caos,
que trajeron como consecuencia la miseria, el desempleo, el éxodo
de millones de compatriotas que fueron al exterior en los últimos
años... para sólo citar esas desgracias.
Del
fondo de las selvas al corazón de las ciudades
Cuán
pocas fueron las voces que se opusieron a esa claudicación
suicida! En el plano político, el hoy Presidente Uribe fue
uno de ellos y por esto goza de un enorme prestigio en todo el País.
En el plano ideológico y moral, durante muchos años
lo hizo valientemente Tradición, Familia y Propiedad; pero
en 1.998 desapareció de la vida pública en Colombia,
para seguir otro rumbo, lo cual obligó a aquellos de sus
miembros que querían continuar la lucha doctrinaria y moral
contra los enemigos de la Fe y de la Patria, a constituir para este
efecto la Sociedad Colombiana Tradición y Acción,
la cual fue desde entonces practicamente la única voz que
denunció lo que ahora se volvió evidente.
En
un memorable documento publicado en todos los diarios importantes
del País en Noviembre de 1982, cuando el mal llamado proceso
de paz comenzaba, Tradición, Familia y Propiedad proclamaba:
"Amnistía a los guerrilleros: Medida de pacificación?
O transferencia de la guerrilla del fondo de las selvas al corazón
de las grandes ciudades?" Y eso fue exactamente lo que pasó
durante las dos décadas siguientes, con el efecto de sumar
cientos de miles de víctimas fatales, ante la indiferencia
de incontables hombres públicos.
Hoy
en Colombia hay un ambiente totalmente diferente. La actitud del
Gobierno y de las Fuerzas Armadas, de enfrentar con vigor a todas
las fuerzas terroristas, ha dado resultados muy significativos,
incluso en el sentido de que un número apreciable de subversivos
optaron por dejar esa condición. Los crímenes disminuyeron
de forma notable, los secuestros también, los atentados y
ataques guerrilleros están en sus índices más
bajos en muchos años. La lucha eficiente y valerosa contra
la subversión ha sido inmensamente más eficaz que
todas las majaderas peroratas pacifistas. La mayoría de los
frentes guerrilleros están desarticulados, muchos "santuarios"
de la subversión fueron copados por la Fuerza Pública,
los grupos subversivos a menudo están en desbandada y un
buen número de terroristas han sido capturados o dados de
baja en combates, cuando no se han dado a la fuga a naciones vecinas.
A
pesar de que aún faltan muchísimas cosas por lograr,
porque el Estado dista mucho de ser el que la Nación desea
y necesita con urgencia, Colombia hoy vive y duerme mucho más
tranquila, sin comparación, que en los años anteriores.
Los colombianos estamos recuperando uno de los bienes más
vitales para un país, que es la convicción colectiva
de que puede progresar, resolver sus problemas, construir un futuro
digno, próspero, en paz y sobre todo en armonía con
los principios de la Civilización Cristiana.
Renació
la esperanza que el País había perdido. Todo lo contrario
de lo que nos sucedía, cuando una minoría criminal
destruía la Patria, y la inmensa mayoría de nuestros
dirigentes, en vez de evitarlo, como era su deber, se dedicaba a
contemporizar con los demoledores, y a decirle a las víctimas
que esta actitud era la única opción, con lo cual
crecían, de un lado, la prepotencia terrorista, y de otro,
el desánimo de la gente de bien.
Tremendo
y pertinaz error que algún día la Historia juzgará
con imparcialidad, pero también con mucha severidad. Y quiera
Dios -y para esto que la Santísima Virgen de Chiquinquirá,
Patrona de Colombia, nos favorezca con su ayuda- que la opinión
pública aprenda la lección y nunca más preste
oídos a las voces que aun ahora promueven las capitulaciones,
pues, pese a todo lo sucedido, algunas continúan haciéndolo,
siempre sin sonrojarse.
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