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Riojano y agustino
recoleto a orillas del Ebro, en Alfaro, pequeña ciudad
agrícola de la Rioja, el modesto sastre Félix Moreno
y su mujer Josefa Díaz tuvieron seis hijos, cuatro mujeres
y dos varones, Ezequiel,el segundo
nacido en 1848, cuarto de los hermanos. Creció
Ezequiel en el marco de una familia muy cristiana, y
acompañaba a su padre, aun en invierno, al rosario de
la aurora. Siempre tuvo afición y buena voz para el
canto, y se acompañaba bien con la guitarra. Eustaquio
en cambio fue un buen violinista. Fue de chico Ezequiel
monaguillo del convento de las dominicas, con las que
guardó siempre una gran amistad. Teniendo Ezequiel doce años, Eustaquio ingresó
en el noviciado de los agustinos recoletos de Monteagudo,
en Navarra, y teniendo dieciséis, murió su padre, con
lo que la familia se vio en muy difícil situación económica,
Por eso, cuando Ezequiel dijo a su madre que él también
quería ser agustino recoleto, ella trató de disuadirle,sin
embargo, como buena madre cristiana, supo ceder a sus
insistentes razones.Siendo Ezequiel muy pequeño, le preguntaron
en el convento qué iba a ser de mayor. «Fraile», contestó
sin dudarlo. «¡Tú, fraile!, le dijeron, tan calandrajo
[pequeño, poca cosa], ¿para qué te quieren?». Pero él,
sin inmutarse, solucionó el problema: «Ya me pondré
un sombrero de copa, para ser más alto».
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De Navarra a Filipinas
Ezequiel, con dieciséis años, tomó en 1864
el hábito agustino recoleto en el noviciado de Monteagudo,
y pasó dos años después al teologado de la orden en Marcilla,
también en Navarra. En aquellos años, dramáticos para la Iglesia
y para el papado, España vivía las convulsiones provocadas
por la revolución liberal, que afectaron a todo el pueblo
cristiano, y particularmente a los religiosos, que hubieron
de sufrir destierros y exclaustraciones, así como el despojo
de sus bienes. El noviciado de Monteagudo fue una de las pocas
casas religiosas que el gobierno autorizó, tras el Concordato
de 1851, únicamente para el envío de misioneros a los dominios
españoles de ultramar.
En estas circunstancias, siendo todavía estudiante
fray Ezequiel, partió en 1869 hacia Filipinas con una expedición
de 18 religiosos. y allí conoció a su futuro biógrafo el padre
Minguella. En 1871 fray Ezequiel fue ordenado presbítero,
y en su primera misa tuvo a su hermano Eustaquio por padrino.
Quince años trabajó el padre Ezequiel en Filipinas,
desempeñando diversos ministerios en varios destinos, En todas
partes se mostró como un santo religioso, abnegado y sereno,
alegre y entregado, contemplativo y misionero. Tan apreciado
llegó a ser en la Orden que, a los 37 años, en 1885, se le
encomendó la formación de los agustinos recoletos de la Provincia
como rector del noviciado de Monteagudo.
Rector del noviciado de Monteagudo
El padre Ezequiel, como rector del colegio
noviciado, cuidó mucho de la vida litúrgica, del rezo coral
de las Horas, de la vida comunitaria -aspecto esencial de
la religiosidad agustiniana-,
Todos sabían que el rector iba siempre delante,
tanto en la abnegación y en la caridad, como en la fidelidad
a las normas de la vida religiosa; pero también sabían que
era muy estricto en la obediencia debida. y cuando se veía
obligado a corregir, lo hacía con corazón de padre, sin alterarse
jamás» (62-63).
Otro rasgo acusado del padre Ezequiel como
rector fue su amor hacia los pobres. Como declaraba un religioso,
«en el amor a los pobres era casi exagerado» (Mtz. Cuesta
51).
Los agustinos recoletos de Monteagudo tenían
entonces -como ahora- muy buena relación con los curas seculares
y con el obispo diocesano. El padre Ezequiel acudía con frecuencia
para ayudar en las parroquias próximas para predicar o confesar.
Y el señor obispo, don Cosme Marrodán, muy ligado a la comunidad,
quiso que fuera él quien le atendiera a la hora de la muerte.
También mostró el padre Ezequiel un cariño muy especial hacia
las religiosas vecinas
Los agustinos recoletos en Colombia
«La Orden de Agustinos Recoletos tiene una
de sus raíces fundacionales en Colombia. A principios del
siglo XVII surgió entre los agustinos neogranadinos un movimiento
espiritual muy afín al que a partir de 1588 dio origen a la
Orden en Castilla» y en 1629 se funden en una misma Congregación»
(Mtz. Cuesta 69).
La Provincia colombiana se desarrolló normalmente
durante dos siglos, pero con motivo de la guerra de la Independencia
y el expolio de los bienes religiosos dispuesto por el Gobierno
republicano, fue viniendo a menos, de modo que en 1882 sólo
quedaban trece miembros, que vivían aislados, cada uno en
su parroquia, más vinculados a la diócesis que a su Orden.
Restauración de la Provincia
A mediados de agosto de 1888 llegó a Monteagudo
el padre Minguella para presentar a la comunidad la solicitud
que llegaba de Colombia. Y al punto se ofrecieron siete religiosos
voluntarios: el padre Ezequiel,entre ellos. Esto puede darnos
una idea de la intensidad de vida religiosa que se vivía en
la comunidad agustiniana de Monteagudo bajo la guía del padre
Ezequiel. A éste se le nombró superior del grupo misionero.
A principios de 1889 llegó a Colombia la expedición.
Unos se dirigieron a El Desierto, santuario de la recolección
agustiniana, situado en un precioso valle, cerca de Ráquira,
en el departamento de Boyacá. El padre Ezequiel y el padre
Matute marcharon a Bogotá, donde llegaron el 2 de enero de
1889, alojándose en la casita que el padre Rocha tenía junto
a la iglesia de La Candelaria, pues el convento, incautado
por el Gobierno, hacía años que servía de Seminario diocesano.
En realidad la restauración de la Orden se
presentaba muy difícil.
Predicador y confesor
Después de muchas dificultades, pudo establecerse
el noviciado en El Desierto, bajo la guía del padre Miramón.
Y el padre Ezequiel residió en Bogotá cinco años, acompañado
del padre Matute. En la iglesia de La Candelaria, y en otras
iglesias de la ciudad, también en la catedral, el padre Ezequiel
sobresalió pronto por sus dotes de predicador y de confesor.
En una carta de ese tiempo decía:
«El padre Santiago [Matute] y yo estamos trabajando
aquí en Bogotá todo lo que podemos en púlpito y confesonario...
Nos buscan a todas horas para confesar presos, soldados, ejercitantes,
y nuestra iglesia se ve de continuo con mucha gente que viene
a confesarse. El padre Victorino derrama con alguna frecuencia
lágrimas de contento diciendo que La Candelaria ha vuelto
a ser lo que era en sus buenos tiempos... El clero es muy
poco y por precisión tenemos que trabajar mucho los pocos
que estamos. Nuestro sitio es el confesonario y se puede decir
que no salimos de él sino para prepararnos para el púlpito»
(9-4-1890).
El padre Ezequiel redactaba íntegramente sus
sermones, aunque luego al pronunciarlos improvisaba bastante.
En un sermón de 1892 en la iglesia de la Compañía en Bogotá
decía: «No subo a este púlpito para entreteneros con frases
escogidas o con flores de estilo. He subido a este sitio a
dar gloria a Dios y a excitaros a que también se la déis vosotros».
Aparte de algunos momentos efusivos -cuando hablaba del Sagrado
Corazón, de la Eucaristía, de la Virgen-, era en su predicación
muy sencillo, y eso sí, extremadamente claro y persuasivo.
Director espiritual
En el confesonario o fuera de él, también
por cartas, grande fue la entrega que mostró el padre Ezequiel
toda su vida en la dirección espiritual, muy especialmente
hacia aquellas que estaba angustiadas por algún sufrimiento
o se veían atormentadas por escrúpulos de conciencia.
«¿Por qué desconfía?, escribía a una de éstas.
Luche y espere en las bondades del Corazón de Jesús... No,
no crea nunca que el Señor la va a arrojar de un modo definitivo,
y espere siempre contra toda esperanza, y clame y grite al
divino Corazón, con tanto mayor motivo, cuanto mayores sean
sus peligros... Se ofende al Señor no esperando la gracia
y la gloria» (11-10-1894). Era, sin embargo, muy firme a la
hora de enfrentar a las personas con sus responsabilidades.
Devoto del Corazón de Jesús
En las páginas que siguen hemos de contar
las aventuras del obispo Ezequiel, que fueron muchas y grandes,
pero ya desde ahora conviene que conozcamos la clave más íntima
de su personalidad religiosa, ya que sólo así podremos entender
sus palabras y sus obras. El bienaventurado Ezequiel estaba
enamorado de Jesucristo.
Su alegría y su fortaleza, inquebrantable y siempre confiada,
nacían directamente de su amor al Corazón de Jesús. De ahí
procedía su fuerza persuasiva y su omnímoda libertad respecto
del mundo civil y eclesiástico de su tiempo.
Siendo obispo, el 3 de mayo de 1903, y estando
en la costa del Pacífico, escribe a las hermanas de la Liga Santa de Víctimas del Sagrado Corazón
una carta en la que, de contar alguna noticia suya, pasa inmediatamente,
como sin darse cuenta, a expresar la dulzura de su amor a
Jesucristo: «Va ésta a decirles que las tengo presentes en
el Sagrado Corazón de nuestro amado Jesús en estas soledades.
¡Qué consolador es tener por estos retiros a un Dios a quien
amar y con quien tratar! ¡Y qué triste sería esto sin ese
Dios amoroso!... ¡Oh dulce Jesús mío, voy en tu compañía,
y en tu compañía andan también mis hermanas!
«Pero no me dejes, amor mío, no me dejes solo
en estas soledades. No tengo otra cosa en estos rincones,
ni otra cosa quiero tampoco. Es preciso, dulce Jesús mío,
que por aquí lo hagas tú todo, que me llames, que me muevas,
que me lleves y arrastres hacia ti, porque las demás cosas
del culto no me animan. ¡Jesús mío!, te veo entre paredes arruinadas
y veo tu casa llena de goteras, como la de un pordiosero.
¡Dueño del Universo!, ¡qué pobrecito estás en tantas partes
del mundo por nuestro amor!
El padre Ezequiel en su ministerio apostólico
no parte sino de este amor a Jesucristo, no sufre sino al
ver que Jesús es ofendido y despreciado. De ese mismo amor
viene también su increíble capacidad de sufrimiento, pues
él no quiere goce alguno del mundo visible en tanto Jesucristo
sea crucificado por los pecadores. En el reglamento de la
Liga Santa por él compuesto enseña a las
hermanas que «a poco que un alma profundice en el abismo de
dolores de amor del Corazón Sagrado de Jesús no se contentará
con admirarlos, sino que deseará con ardor acompañar a su
Amado en sus dolores».
Servidor de los enfermos
El padre Ezequiel mostró hacia los enfermos
una abnegación y amor muy especiales. Fue ésta una inclinación
en él constante, lo mismo en Monteagudo que en Filipinas,
cuando trabajaba en la misión de Casanare o ya de obispo en
Pasto.
Un religioso recordaba de su antiguo rector
de Monteagudo: «Durante el tiempo que yo permanecí en la enfermería
con las viruelas, noté, y conmigo lo notaron los demás que
allá estábamos, que todas las noches, mientras hubo alguno
grave, subía el Padre Rector entre una y dos de la mañana
a la enfermería, y entraba en las celdas de todos, sin duda
con el fin de ver si nos faltaba algo. Debía andar con alpargatas,
pues no hacía el menor ruido» (Mtz. Cuesta 54).
Todavía durante su última enfermedad, cuando
apenas se tenía en pie por los dolores y la debilidad, el
padre Ezequiel aún se iba como podía a confortar a los enfermos
hospitalizados en la misma clínica.
Superior de la Provincia colombiana
El padre Ezequiel, superior tan firme como
amable, fomentó siempre la amable fraternidad agustiniana,
en la que debe haber «un corazón y un alma sola» (Hch 4,32),
y en la que los religiosos deben «alegrarse siempre en el
Señor» (Flp 4,4).
Un religioso decía de él: «Nunca reprendía;
sólo avisaba con ternura de padre. La austeridad la reservaba
para sí mismo. Para amenizar los ratos en alta mar nos contaba
historietas y anécdotas de su vida de misionero en Filipinas.
Tenía muchos recursos en su conversación... A todo esto, la restauración de la
Orden en Colombia, como hemos dicho, se presentaba como casi
imposible. El padre Ezequiel se vio obligado a pedir una y
otra vez más religiosos de España, insistiendo siempre en
que no los enviaran si no eran de calidad: «Conviene, decía
en una carta, que por allí vaya gente desengañada del mundo
y que, buscando sólo la gloria de Dios y salvación de su alma,
le dé lo mismo estar en los Llanos [de Casanare] que en Bogotá;
entre salvajes, con privaciones, que entre civilizados, recibiendo
mil atenciones» (13-7-1891).
A pedidos del padre Ezequiel, en 1890 llegaron
a Colombia 6 religiosos españoles, y 8 más en 1892, entre
ellos su paisano y amigo Nicolás Casas. A mediados de 1893
eran ya 21 religiosos españoles y 5 colombianos, y poco después
llegaron 4 españoles más.
Obispo del Vicariato apostólico de Casanare
Cuando el padre Ezequiel fue a Colombia, él
pensaba sobre todo en acudir a las misiones de infieles, concretamente
en Casanare, y en buena parte éste era también el intento
de sus compañeros de expedición. Las antiguas Misiones de
Casanare, iniciadas por los agustinos recoletos en 1662, habían
tenido una gloriosa historia de dos siglos en esta región
del norte de Colombia, al oeste de los Andes, en los llanos
próximos al río Casanare; pero después de los avatares de
la Independencia habían decaído.
Por todo ello, en cuanto el padre Ezequiel
recibió algunos religiosos más, inició en 1890 un azaroso
viaje por Casanare, acompañado de tres frailes. Relató la
exploración en ocho cartas, que fueron publicadas y que conmovieron
la conciencia cívica y religiosa del país.«inmensa multitud
de fieles nos rodeaba por todas partes, besándonos el hábito
y llorando a grito vivo» (23-12-1890). Allí vivían los indios
guahivos, completamente desnudos, y los sálivas, algo más
civilizados.
El, pensar en las cosas de Dios y en lo mucho
que le debe agradar el que todo lo sacrifiquemos por El y
nos entreguemos a esta vida de privaciones de todo género.
Además, ¡pasa tan pronto la vida! Y si desde estos Llanos voy al cielo, ¿qué
más necesito y qué más quiero?» (22-2-1891).
Hablo por experiencia: nunca está uno mejor
que donde el Señor quiere que estemos... En el trato con Dios,
en la meditación, ve uno a la muerte delante y después el
juicio, y conoce uno perfectamente que nada queda en bien
de uno sino lo que se ha sufrido y trabajado por Dios» (26-5-1891).
Trámites, trabajos, consultas, viajes y exploraciones,
que no contaremos aquí, hicieron finalmente posible el establecimiento
en 1894 del Vicariato apostólico de Casanare, Cuando la revolución
cerró las islas Filipinas a las Ordenes religiosas y dispersó
a sus miembros, en 1898 y 1899 recibió Colombia unos 40 agustinos
recoletos,
Obispo en cuerpo y alma
El padre Ezequiel pasó muchos apuros antes
de decidirse a aceptar la ordenación episcopal, y cuando ya
ésta parecía inevitable, le escribió al Comisario apostólico
de su Orden: «Si quiere que lo sea [obispo], mándemelo por
caridad y amor de Dios y dé a ese mandato toda la fuerza posible,
para que me dé la mayor seguridad de que hago la voluntad
de Dios» (3-3-1893).
Fue consagrado obispo el 1 de mayo de 1894,
sucediéndole el padre Nicolás Casas como provincial de los
recoletos. La amabilidad de los colombianos se esmeró con
él en su ordenación episcopal, equipándole de todo lo necesario,
hasta conmoverle: «¿Qué más se podía hacer por un extranjero?
Una vez consagrado obispo, el padre Ezequiel
tuvo ya siempre una profundísima conciencia de su identidad
episcopal, como sucesor de los apóstoles y como imagen viva
del Buen Pastor entre sus fieles. Falta le iba a hacer esta
conciencia en las terribles luchas que le esperaban. Y de
ella dió muestras ya en su primera carta pastoral:
«Nuestra autoridad en el gobierno de vuestras
almas es la autoridad del mismo Jesucristo, resultando de
aquí que el que resista a lo que pertenece a nuestro ministerio,
no resiste al hombre, sino al mismo Jesucristo... Al ser elevados
a la dignidad de que nos hallamos investidos, nos vemos humillados
y llenos de turbación... No, no vamos a colocarnos sobre vosotros,
sino a temblar en vuestra presencia y a sufrir por procurar
vuestra salvación» (ib.).
Más centros misionales, Orocué, Arauca, Chámeza
y otros, surgieron en esos años, en condiciones a veces muy
duras, por el clima sobre todo y las dificultades de abastecimiento.
En Orocué murió de hambre el hermano Robustiano Erice .
El ministerio de la Palabra
El padre Ezequiel siempre, y más de obispo,
prestó una especialísima atención al adoctrinamiento de los
fieles. Nada más llegado a Támara, aprovechando que la época
de las lluvias dedicó muchos días al estudio de sus responsabilidades
episcopales, y concretamente acerca del derecho matrimonial
y del liberalismo.
Predicaba con frecuencia, con oportunidad
o sin ella, y después de la misa daba una media hora de plática
doctrinal, «siendo de advertir, comenta un religioso compañero,
que nadie se salía del templo hasta terminar» (Mtz. Cuesta
235).
Para ellos compuso e imprimió, ya en 1894,
las Instrucciones a
los fieles de Casanare para ayudar a conseguir la salvación
eterna a los que se hallan en extrema necesidad espiritual.
Era un manual de sobrevivencia espiritual para situaciones
de máxima dificultad. Particular atención prestaba el primer
obispo de Casanare a la suerte de los niños que morían abortivos
o prematuros, dando claras instrucciones para que siempre
fueran bautizados a tiempo. Y decía: «Hoy es doctrina corriente
que el feto es animado desde el momento mismo de la concepción».
Hace un siglo él sabía lo que algunos aún ignoran.
Visitas pastorales
En noviembre de 1894, pasadas ya las lluvias,
salió para realizar sus primeras y agotadoras visitas pastoral
Es muchísimo el quehacer que se presenta entre confirmaciones,
confesiones de sanos y enfermos, bautismos, casamientos y
sentar todas las partidas. |